World of Warcraft, el juego de cartas

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Hace poco tuve la ocasión de jugar al juego de cartas de World of Warcraft. Admito que tenía mis reservas acerca del juego, porque intuí que tenía que ser una especie de Magic descafeinado, pero me llevé una grata sorpresa. Es cierto que pilla elementos del Magic, como el de girar y enderezar las cartas, la utilización de criaturas y hechizos para hacer daño al rival, etc. Pero tiene cosas originales que lo hacen incluso más divertido de jugar que el Magic, al menos para la gente como yo que ya está un poco away del tema magiquero y quieren probar cosas nuevas.

Para empezar, me gusta y considero un acierto el hecho de vender las cartas en packs completos de dos barajas, con lo que tienes un juego completo, aunque luego no quieras seguir comprando cartas (mi colega se los compró en el FNAC). Esto ya lo viene haciendo el Magic desde hace algún tiempo, aunque las barajas que incluían estos “Starter kits” eran por lo general muy malas. En WoW han tomado nota de ello y ofrecen cartas bastante buenas en sus packs listos para jugar. Es así como he jugado yo; un amigo se compró un par de packs para dos jugadores (concretamente el Pack de la Horda y el Pack de la Alianza) y lo trajo a casa, ambos veníamos del Magic por lo que no nos costó nada enterarnos de las reglas y en un periquete nos arreglamos un par de mazos para darnos de leches (lo de arreglar mazos es defecto profesional: un ex-jugador de Magic nunca jugará con un mazo preconstruido así sin más). Nos pasamos un par de horas la mar de entretenidas. El juego es bastante rápido e intuitivo, y sólo tuvimos algunas dudas con la jerga del juego y la vida de las criaturas, que al contrario que en el Magic no se curan tras cada turno, arrastran sus heridas y se van debilitando tras las batallas, lo cual es algo más lógico, pero tiene el inconveniente de ir poniendo contadores encima de cada bicho para saber cuánto le queda de vida.

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Vida variable

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No empiezas con 20 vidas, como en el Magic. Se elige a un mago que puede tener una resistencia de entre 25 y 31 vidas que es como una criatura más en la mesa. Además, dicho mago será el que determine la clase de baraja con la que vamos a jugar, los han de muchos tipos, pero en esencia los hay que son malos y buenos. No conozco mucho de la historia de fondo del WoW, así que no puedo decir que me sonara nada, nunca he jugado al juego de rol por ordenador (jugué en su día al juego de estrategia en 2D original, pero ha llovido desde entonces).

Misiones

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No hay maná como en el Magic, en su defecto han ideado un sistema que sorprende por lo sencillo. Simplemente cualquier carta de tu mano sirve para pagar el coste de las demás poniéndola en juego boca abajo. No hay distintos tipos de colores, las cartas costarán tantos puntos de poder como indique su número, así que para bajar una carta de poder 5 tendremos que haber puesto cinco cartas boca abajo, o una combinación de 5 cartas boca abajo y misiones. ¿Qué son las misiones? Son las típicas “quests” del juego de rol on-line, donde un grupo de aventureros hacen una misión para conseguir un tesoro o mejora; esto en el juego se ha simplificado resumiendo en que una misión mientras está en juego puede servir para pagar cartas o para activarla pagando su coste, en cuyo caso se “agota” y se le da la vuelta para convertirse en un “maná” normal. Las misiones pueden otorgar cartas extras y vienen a ser como cierto tipo de encantamientos del Magic. La gracia es que están ahí, visibles, latentes…

Combate

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El combate es muy parecido al del Magic, esto es, se invocan criaturas para atacar al contrario, con una salvedad importante: tú decides a qué criatura atacas. En el Magic cuando declaras el ataque es el defensor el que decide con qué criaturas se defiende de las tuyas, o si decide “tragarse” el daño. En WoW es el atacante el que decide a qué criaturas ataca, o si ataca directamente al oponente.  Hay un tipo de criatura llamada “Protector” que puede eludir esta regla, defendiendo la criatura que el defensor elija. Además el daño es acumulativo, no se curan tras tu turno. Me parece un sistema más justo que el del Magic, aunque he notado que al final se puede ganar “por aplastamiento” si el rival no puede defender a su mago contra una horda enemiga poderosa. Aunque hago notar que sólo he jugado con los packs, supongo que si nos liamos a comprarnos sobres mejoramos la baraja… ¡ahí está la trampa, je je!

Monstruos de final de fase

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Una de las cosas más interesantes de este WoW es que hay mazos de monstruos de final de fase, esto es, que un grupo de cuatro jugadores se enfrentan a otro jugador con un mazo especial, el de monstruo final; si los jugadores vencen al monstruo obtendrán los tesoros que protege y que por regla general consisten en mejores cartas o beneficios y extras para el juego de ordenador. La verdad es que me parece muy original batir tu baraja junto con la otros amigos y probar a matar al jefe de final de fase. Ahí han demostrado los señores del WoW tener imaginación y han conseguido darle una vuelta de tuerca a un juego que, aunque bebe de las mismas aguas que el Magic, lo hace de forma original y más adaptada al jugador ocasional.
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Conclusión
Creo que WoW es un buen juego de cartas, y lo recomendaría a todo aquél que ya haya jugado al Magic, pues es un concepto nuevo pero muy parecido, una especie de Magic 2.0. Probablemente el Magic siga teniendo una mayor profundidad estratégica y se puedan formar barajas más variadas (no en vano llevan desde el 1993 fabricando cartones); pero por este mismo motivo es más difícil para empezar que el WoW, que es más rápido y entendible que el Magic. Vamos, que por lo que cuesta vale la pena comprarse un pack de 2 jugadores, al menos a mí me ha gustado. No sé si tendrá el mismo tirón que el Magic, ciertamente lo dudo, pero sí supone un soplo de aire fresco en el panorama de juegos de cartas coleccionables en español. Otro juego que me llama la atención es el Anima, a ver si me animo a probarlo.

Mi nota: le pongo un 10, fíjate tu si me ha gustado, tanto para jugadores ocasionales como para jugones del Magic de toda la vida. Además, como se vende en packs de a 2 (también venden sobres pero a mí ahí no me pillan) es como si te compraras un juego completo, y por los 13 euros aproximadamente que valen los packs de la Horda y la Alianza creo que es una buena compra. Otra cosa será si te enganchas con los sobrecitos…

Pero si no queréis gastaros vuestros dineros, desde la web del juego podéis descargaros unos mazos de demostración, a modo de print & play, y las reglas en PDF para empezar a jugar cuanto antes. Debe ser duro competir contra el Magic.

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Los vikingos de Eketorp

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Eketorp es un juego de Dirk Henn publicado por Queen Games donde los jugadores son tribus de vikingos que se pelean por los recursos con los que construir su fortaleza. El juego posee una estrategia simple pero divertida, basada en la colocación de tus vikingos en el mapa para recolectar o defender y la gestión de cartas con las que hacer daño a los oponentes. El número de jugadores va de 3 a 6, aunque por las características del juego lo suyo es que sean el máximo de jugadores posibles. Al final del juego ganará aquel que tenga más puntos, cosa que se consigue al recolectar los recursos más valiosos con los que construir tu fortaleza.

Al inicio del juego cada jugador recibe sus vikingos de la tribu escogida, cuatro cartas, cuatro amuletos y el panel de movimientos secretos.  Para colocar los vikingos en el mapa y obtener así recursos, primero se tendrá que escoger secretamente el emplazamiento en el panel de movimientos, y esto lo hacen todos los jugadores a la vez. Entonces cuando ya se han decidido los movimientos, se descubren los paneles y se emplazan los vikingos en sus respectivas casillas. Lo normal es reservar al menos un vikingo para defender la propia fortaleza, en caso de que tengamos materiales de valor ahí; y un par de vikingos en las casillas donde haya recursos de gran valor que queramos conseguir, ya que será más difícil que nos derroten en dos batallas.

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Las batallas

Cuando en una misma casilla encontramos vikingos de diferentes tribus, ¡empieza la pelea! En el turno de cada jugador implicado se elige al vikingo para pelear y lo enfrenta a otro. Elige entonces una carta de su mano; el oponente hace lo mismo y ambas cartas se ponen boca abajo enfrentadas —se pueden utilizar gritos de guerra en éste paso— y se descubren a la vez. Las cartas conforman el mecanismo más simple y eficaz para la resolución de batallas: ganará la pelea aquél que muestre la carta de valor más alto, y la diferencia entre el valor de ambas indicará en qué puesto se tendrá que enviar al vikingo a la enfermería. Luego se intercambian las cartas (esto es muy importante, pues si gastamos una carta de gran valor, ya sabemos que pasará a manos del contrario); y el ganador conseguirá un recurso de dicha casilla, que colocará bajo el vikingo ganador (así se indica qué vikingo gana qué recurso), que al finalizar el turno servirá para construir la fortaleza.

Si la batalla sucede en una fortaleza (nos pueden atacar por tres flancos) entonces se convierte en un asedio y si gana el defensor enviará al atacante a la enfermería, pero si vence el atacante robará materiales de la fortaleza por valor de la diferencia entre su carta y la del defensor. Sin embargo, como compensación, cuando el defensor vaya a la enfermería irá a parar justo a una casilla antes de la que debería haber ido (la enfermería tiene cuatro casillas, esto es, un vikingo puede estar fuera de juego durante cuatro turnos), con lo que volverá antes a manos del jugador.

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Todas las cartas que utilicemos pasarán a la reserva del contrario. Hay que distinguir que la reserva no es lo mismo que tener cartas en la mano. A medida que se van utilizando cartas, éstas pasan a la reserva de los jugadores (que se compone de cuatro casillas al lado de la fortaleza de cada tribu); cuando ya no nos queden cartas en la mano entonces se pueden coger las cuatro cartas que tendremos en la reserva, las cuales formarán una nueva mano —que son las cartas utilizadas por nuestros contrarios para vencernos. Se reduce así el azar, pues puedes intentar perder a posta en alguna batalla para conseguir cartas buenas para peleas posteriores.

Si no tenemos suerte con las cartas, siempre podemos cambiarlas con la ayuda de los amuletos; esto se tiene que avisar antes de cada batalla. Para ello tenemos los cuatro amuletos (que hemos recibido al inicio del juego); si nos deshacemos de un amuleto cambiaremos una carta de la mano por otra del mazo, sin embargo al final del juego los amuletos valen puntos, por lo que habrá que pensarlo bien, pues la puntuación final puede estar muy reñida.

Y ésta es la mecánica del juego, unas reglas sencillas y rápidas para pelearse de lo lindo con los amigos. Es literalmente imposible irse de rositas: la batalla está asegurada. El juego terminará cuando alguien consiga construir una fortaleza de 18 ladrillos, o al final de los 10 turnos de juego, lo que suceda antes. En ése momento los jugadores contarán el valor de los materiales de su fortaleza y los amuletos que les queden y ganará el que más puntos tenga (ojo, es posible que no gane el que terminó la fortaleza, hay que mirar bien lo que tiene el contrario antes de acabar). Entonces la tribu vencedora será la más fuerte y se encontrará tan invencible que bajará al sur a conquistar los restos del Imperio Romano, sumir al mundo en las tinieblas de la edad media durante mil años, ir prosperando sin dejar de pelear y finalmente pegar un estirón y fundar Nokia.

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Conclusión

Un juego ideal para jugar cuando el grupo es de seis jugadores y algunos de ellos no son jugones, pues gustará a todo el mundo. Puede suceder que se haga largo si nadie  construye pronto su fortaleza, por lo que no sería mala idea quitar un par de turnos, si todos están de acuerdo. Lo malo: tiene “king maker”, esto es, si una tribu no puede ganar de ninguna manera se puede dedicar a atacar otras fortalezas por puro placer y chafar la victoria de alguna tribu mejor posicionada. Aún con todo eso, muy recomendable.

Mi nota: un 7 para los jugones, que se lo pasarán en grande antes de pasar a palabras mayores, como un Alta Tensión. Un 9 para los novatos, pues el juego incorpora varias mecánicas que aunque sencillas son muy estratégicas: manejo de cartas, colocación de trabajadores, etc. Así que… ¡a darse de hostias!

Vuvuzelas: glorioso invento

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Después de pasar un fin de semana algo triste por la muerte de Saramago, uno de escritores que más me gustan, quise ahogar mis penas en fútbol. Así que me dispuse a contemplar el partido de ayer de España (o como diría Camacho: ¡Epaña!), jugando su primera final en este mundial contra la todopoderosa selección de Honduras. Como no tengo Canal+ ni demás pijoterías televisivas me ví obligado a ver el encuentro a través de Telecinco, tu cadena amiga, y su caterva de hooligans que hacen el papel de comentaristas. Casi hecho de menos a Míchel en TVE1 y su lema: “ahora es cuando España no debe echarse atrás”.

Por una parte, me alegró que ganara España —¡Epaña! ¡Goool de Epaña! ¡Nos lo merecemos! ¡Tenemos mala suerte! ¡Si no fuera por este balón ya llevaríamos cinco goles lo menos! ¡Epaña!—, pero por otra, me hubiera gustado que perdiera, sólo para escuchar a estos tipos —Camacho, Maldini, J.J. Santos— despotricar contra árbitros y jugadores, y lamentarse por la derrota y poner a parir hasta a la mismísima Sara Carbonero, bellísima y florerísima a partes iguales. Pero si los comentarios de soberana estupidez y rancio patriotismo eran poca cosa, además hay que  sumarle el infierno vuvuzelano: miles de vuvuzelas —esas alargadas trompetillas con la que los surafricanos animan en los estadios— vomitando sus infernales, atronadores sonidos, ¡es que era para volverse loco!

Si el infierno tuviera banda sonora, tal vez las retransmisiones del mundial de Suráfrica de Telecinco serían la melodía dominante. Vuvuzelas+Camacho+Maldini+J.J. Santos deber ser el placer de cualquier sadomasoquista ótico. Pero, ¡podría haber sido peor! Los demás periodistas deportivos de éste país están a la altura de J.J. Santos, Camacho y compañía. Por ejemplo, en la Cuatro están Los Manolos (que son al periodismo deportivo lo que Jorge Javier Vázquez al periodismo serio); también tenemos a Manu Sánchez, de Antena 3, otro prodigio de objetividad y buen hacer; y ¿qué decir de las no-notícias de la Sexta y sus treinta minutos diarios de deportes? Y cuando digo deportes, digo fútbol y Real Madrid… como si en este país no se practicara más deporte que el fútbol ni hubiera más equipo que el Madrid.

Pero si además hay un periodista deportivo en éste país que goza de popularidad y prestigio y no se sabe bien ni porqué —yo no lo sé, pero reconozco que le tengo ojeriza, mire usted—, ese es Julio Maldonado “Maldini”, un hooligan como la copa de un pino capaz de cagarla cien veces en cada partido, en cada comentario —y después de comprobada la cagada, argumentar que en realidad él ya lo sabía, ¡vergonzante ventajista!— y escribir libros sobre fútbol con millares de datos irrelevantes que sólo le interesarían a un loco o a un necio como él. Datos que, además, se pueden conseguir fácilmente a poco que busques por internet. Pero qué previsible que es el gachó… estoy seguro de que ya tiene escritas las crónicas por si España gana y por si pierde, debe utilizar una plantilla y cambia los nombres y los equipos, ¡y a vivir! Ahora debe estar de turismo por Johannesburgo, conferenciando o mendigando alguna entrevista a los jugadores de Chile (¿nadie se da cuenta de que a Maldini casi nunca le conceden entrevistas?), o haciéndose el simpático con Sara Carbonero; casi lo visualizo.

Y estoy hablando de los periodistas “hooligans”, si me pongo a despotricar de los periodistas “talibanes” ya no puedo acabar el post. ¿Quién no ha visto alguna vez, entre gato y gato, el programa Punto Pelota? Donde el nivel y la calidad de los comentarios lo indican los decibelios que alcanzan los vozarrones de Tomás Roncero (creo que es del Madrid, no estoy seguro), el Loco Gatti (le mandó a una periodista a fregar los platos), Siro López (me parece que es del Madrid), etc.; y no son todos los que están, luego tenemos los periódicos deportivos (los dos de Barça y los dos del Madrid) donde hooligans y talibanes de los respectivos equipos nos deleitan con sus versículos escritos tanto como con sus homilías televisivas.

¿Y qué me importará a mí el fútbol? ¿Porqué me veo incapaz de resistirme a la tentación de encender la tele y ver a unos chavales de pasta correr tras un balón? Bueno… supongo que me gusta el fútbol, independientemente de que sea un circo mediático donde se mueven unas cantidades de dinero que podrían acabar con el hambre del continente donde se está celebrando el mundial. Me gusta ver las jugadas y los pases de Xavi, de Iniesta, los goles de Villa… en fin, que disfruto viendo buen fútbol —por eso soy del Barça— y supongo que me gustaría más si no nos taladraran a cada hora con noticias y no-noticias sobre el tema.

Es exagerado el despliegue informativo que se le da al fútbol, aunque sea un mundial, o una eurocopa, o lo que sea. Ya sé que no descubro nada nuevo y que esto es un pataleo gratis, pero creo que esto empieza a ser ya exagerado. El fútbol no debería ser la noticia del día, un fichaje no debería generar tanta expectación; este juego —porque esto es sólo un juego— no debería mover tal cantidad de pasta, pero aunque la moviera, no debería comerse la mitad de la duración de unos informativos.

Supongo que para los que no sean aficionados al deporte rey todo esto tiene que ser una tortura: fútbol en las noticias, partidos de fútbol en lugar de películas, especiales sobre el mundial en lugar de series, repetición de partidos, sesudos comentarios sobre las jugadas más polémicas, guapas presentadoras contándonos la última excentricidad de Cristiano Ronaldo, anuncios de TV donde salen los jugadores de la selección, te vas a comprar unos Kellogg’s y sale la jeta de Piqué, y así hasta la náusea, todos los días del resto de tu vida. ¡Esto es el planeta fútbol!

Pienso que la vida de los antiguos romanos no debería ser muy distinta: en su lugar había el circo. Se escucharían en el foro los sesudos comentarios de los ciudadanos acerca de si era mejor tal o cual gladiador, si la mordedura de los leones era superior a la de los tigres, si los cristianos morían mejor en grupo o en solitario… ya se sabe: pan y circo.  Lo que en la antigua Roma era circo, hoy es fútbol, al menos en Europa; en EE.UU tienen la NBA y la SuperBowl, que viene a ser lo mismo: tener a la gente muy atenta a estas superficialidades e idiotizar al por mayor.

En fin, por eso digo que el mejor invento del mundial es la vuvuzela, que dotada con un sonido infernal capaz de romper tímpanos y volver loco a quien la escucha, sintetiza y representa fielmente el espíritu de la más absoluta estupidez: el que no tiene nada animando sin descanso a quienes lo tienen todo, multiplicado por cientos de miles y retransmitido a todo el mundo. De forma ruidosa, gigantesca, mundial, absurda. Sobretodo, absurda. Alguien tiene que estar muy satisfecho.

Brass, el juego de los inicios de la era industrial

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Bienvenidos al Lancashire del siglo XVIII. El mundo está apunto de evolucionar desde algo que podríamos denominar como “cercano a lo medieval” hacia lo que actualmente conocemos como “el mundo moderno”. Este cambio será bautizado como La Revolución Industrial, aunque pasará mucho tiempo hasta que los historiadores acuerden en llamarlo así.

Brass es un juego creado por Martin Wallace que simula el paso a la era industrial de Lancashire. Después de este paso, ya nada volverá a ser igual en el Viejo Mundo. El ferrocarril irrumpe con fuerza como el medio de transporte más eficaz para personas y mercancías, mientras los talleres artesanales contemplan con estupor las sucias fábricas que se yerguen donde antes había campos por donde pastaban los rebaños. Al parecer, el término “Brass” lo utilizaban en Yorkshire como sinónimo de dinero: “where there’s muck there’s brass”, que significa: “donde hay suciedad hay dinero”.

En el juego, los jugadores representan a hombres de negocios —al parecer, centrados en el algodón—, industriales ávidos de ganar dinero a espuertas, para lo cual tendrán que hacerse con el control de zonas estratégicas donde fundar sus fábricas o controlar el paso de mercancías. Cuanta más suciedad, más dinero. Explicar el reglamento del juego excede con mucho la intención de esta reseña, tan solo diré que este es un juego de los duros, de los de romperse la cabeza y gestionar a la perfección el dinero y los recursos, sin descuidar las intenciones de los oponentes.

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Empezaremos en la era de los canales, donde las mercancías se transportan en barcos que surcan las vías fluviales, y después pasaremos a la era de los raíles, donde las chirriantes máquinas de hierro harán el mismo cometido pero mucho más rápido. Construiremos puertos para importar carbón o hierro y exportar algodón, enlazaremos nuestras redes con las de nuestros oponentes para aprovechar sus vías de transporte, pondremos a trabajar a los mineros para que consigan los recursos necesarios para alimentar nuestra industria, y tal vez incluso logremos construir un astillero, con lo que nuestra fama será legendaria y digna de pasar a la historia. O tal vez nos arruinemos y nos quedemos en la estacada, lamentándonos por nuestras acciones, mientras vemos pasar los trenes repletos de algodón, dirigiéndose al lucrativo mercado exterior.

El juego es magnífico, sin duda, pero tiene algunos aspectos que se podrían mejorar —aunque estos defectos sean los de siempre del tito Wallace—, y es que hay tantas excepciones y normas a tener en cuenta que hacen que se entorpezca el ritmo de juego y que a cada momento se estén consultando las reglas o cuestionando las acciones por alguna excepción que no está clara. Supongo que a más partidas, menos parones, pero si la idea principal de un juego es la de entretener, en este el global de diversión con respecto al de entendimiento de las reglas se decanta hacia este último, y le resta muchos puntos con respecto a un Puerto Rico o un Caylus, por ejemplo.

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Conclusión: el Brass es el juego que todo jugón tiene que jugar alguna vez en su vida, pues es un verdadero reto en cuanto a gestión y optimización de recursos, especialmente recomendado para cuando el grupo de juego esté compuesto por cuatro aguerridos jugones capaces de ventilarse un Caylus en 45 minutos. A los novatos ni se os ocurra empezar a jugar con el Brass, id subiendo de nivel gradualmente, con un Agrícola, un Tigris & Éufrates, un Dominion… ¿un Raíles? No sé no sé… yo creo que en cualquier caja donde salga el nombre de “Martin Wallace” debería incluirse la leyenda: “Atención: No apto para jugadores ocasionales.

Huelga, ¡general!

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Los sindicatos apolillados pretenden retrasar la impostergable huelga general al día 29 de septiembre —miércoles, laborable— cuando la reforma laboral se está discutiendo en junio y a todas luces va a salir por Decreto. ¿Qué perro amaestrado mordería la mano del que le da de comer?  ¿Qué presión puede ejercer una huelga a posteriori? ¡Ninguna! Además, con la neurosis psicótica de los trabajadores por perder el empleo —me incluyo— ya me dirán quién es el guapo que se atreve a salir a la calle a manifestarse dicho miércoles, tal vez se convierta en la huelga general menos secundada de la historia. Y si no, al tiempo.

Tal como están las cosas, para que acuda el mayor número de trabajadores y se convierta en un éxito total, la huelga tendría que hacerse o bien un domingo o bien en el mismo puesto de trabajo. Oigo risas al fondo, es normal, lo explicaré: en la mayoría de empresas de éste país está todo el mundo con la sensación de que mañana mismo se puede ver en la calle, ya que los empresarios están buscando cualquier excusa para deshacerse de sus empleados; además de que por asistir a una huelga muchos vamos a perder los “bonuses level” de asistencia anual (unos 300 euros aprox. en mi caso), que van la mar de bien para llegar a fin de mes. Y como yo, muchos otros, se lo van a pensar muy mucho, máxime cuando de aquí a septiembre poco se va a presionar al gobierno, pues la ley ya estará en la calle, así que ¿para qué?, la huelga tendría que hacerse hoy mismo para que realmente tuviera poder real de cambiar algo. Aunque también es verdad que de aquí a septiembre igual hay muchos más parados (finalizarán los contratos de verano) y entonces la huelga se convierte en un éxito inesperado, con cinco millones de parados reclamando sus derechos, junto a millares de sindicalistas subvencionados que gritarán a pleno pulmón con la boquita chiquitita.

La otra opción que digo es hacer la huelga en el trabajo, esto es, yendo todos a trabajar pero haciendo lo mínimo imprescindible —o nada— y no durante un día, sino hasta que se mejoren las condiciones laborales y contractuales de los españoles. ¿Una quimera? Puede ser, pero cuando a todos nos bajen los sueldos y nos puedan echar por cuatro duros, con menos paro, con la jubilación a los 67 y asfixiados por la hipoteca tal vez nos arrepintamos todos los trabajadores por no habernos puesto de acuerdo en algo, y entonces entendamos un poco más a los funcionarios (nótese como en todos los medios informativos se usa ésa palabra: funcionarios; ya que llamarlos trabajadores del sector público queda menos despectivo y encabrona menos a la gente, en cambio por funcionario uno se imagina a un infeliz tras una ventanilla que se marcha cuando te toca para ir a tomar un café). Como digo, si todos los trabajadores hiciéramos una huelga laboral real otro gallo nos cantaría, y entonces las empresas empezarían a valorar más positivamente al trabajador. Ah, ¡que iluso soy!

Escribo atropellado. Lo sé, es difícil seguirme el hilo, pero entendedme… ¡soy trabajador! Puedo perder mi empleo, puedo ver reducido mi sueldo mientras se encarecen mis gastos, puedo ver peligrar mis pequeños caprichos, incluso puedo verme desayunando en un comedor social en un par de años… y encima con la sensación de que tal vez la culpa sea mía, por haber vivido por encima de mis posibilidades. ¡Pido perdón a quien corresponda! Pero, ¿acaso hemos tenido opción? ¿Acaso nos ponían pegas para sacarnos una tarjeta de crédito, por ejemplo? ¿Acaso por comprar un cochazo a plazos con nuestro mísero sueldo? ¿Por tener una segunda vivienda en la playa? ¿Acaso no podíamos comprarnos pisos de 300.000 euros a 50 años? ¿Acaso el banco no nos prometía hipotecas y préstamos casi regalados? ¡Adiós, tiempos felices! ¡Hola, realidad!

Nos han enseñado a vivir en el estado del bienestar, nos han enseñado a creer que el dinero era fácil de conseguir —bastaba con ir al banco y pedirlo, contrato indefinido en mano—; hemos aprendido a vivir bien, a tener ciertos lujos, a disfrutar del tiempo libre, a viajar y gozar del sueño europeo. ¿Sabremos vivir con menos? ¿Renunciaremos al tipo de vida que nos han impuesto? ¿Asumiremos nuestra culpa por dejarnos engañar? Pero… ¿tenemos culpa de algo?

En fin, a mí lo que me preocupa es ¿a dónde se dirigirá nuestra ira? ¿Quién va a saber manejar el descontento de la gente y lo va a utilizar para sí mismo? ¿Qué tipo de líder surgirá para arreglarlo todo? Miedo me da.

Igual soy un poco tiquis miquis

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Ocho de la tarde de un domingo de mayo; hace fresco pero se está bien en la calle. Buscando una terracita en pleno centro de Barcelona parece que sólo hay una mesa libre en un Starbucks Coffe, que como sabréis es una cadena de cafeterías americanas. De esas modernas que al entrar parece que estés en el puto New York, con su musiquita de jazz, sus cuadros a juego con los azulejos, sus camareras asépticas trilingües, que lo mismo te atienden en inglés, castellano o catalán, dependiendo de cómo les pidas el café.

Es la única ocasión en la que me dan ganas de ser un talibán repleto de explosivos e inmolarme, del asco que me da el lugar. Y me daría igual si arriba hay un harén de vírgenes esperándome o Gloria Fuertes con un sinfín de poemas para leerme durante la eternidad.

Pero vamos a ver, ¿por qué tengo que hacer diez minutos de cola para pedir un café? ¡Hacer cola para pedir un puto café, por dios! Claro, es porque así se ahorran un par de camareros, además de que mientras te impacientas en la cola puedes ver los brownies, los sándwiches (bueno, allá no los llaman sándwiches, ni siquiera bikinis, tienen un nombre raro pero es lo mismo: pan con jamón y queso); entonces te va entrando hambre y te pides un café y una puta madalena de chocolate por pura inercia. ¡Y por sólo cuatro euros con cincuenta!

Después, si por un casual encuentras una mesa libre y te puedes sentar sin mancharte con las mesas sucias (recordemos que no hay camareros, la mesas se limpian cuando se acaba la cola), es entonces cuando te das cuenta de que no hay azúcar ni cucharilla en tu café. ¡No señor! El puto azúcar y la puta cucharilla te la tienes que servir tu, porque con los cuatro euros y pico que has pagado ni siquiera te ponen el típico platito con su cucharilla y su azúcar; entonces tienes que volver a levantarte y buscarlo dentro de la cafetería.

Cuando ya estás tranquilo tomándote el café —porque toda esta historia viene porque sólo querías tomarte un café— entonces quieres ir al lavabo; ¡es normal, todo el mundo quiere ir a mear! Pues vale, te vas al lavabo del local y ¡oh sorpresa! La puerta está cerrada con llave, ¡claro, no vaya a ser que entres en un Starbucks sólo para mear! Trágate otra cola para pedir la llave a las chicas de la barra y ¡oh sorpresa de nuevo!, no es una llave lo que se precisa, es un código de seguridad, ¡como si el lavabo fuera una caja fuerte!

En fin, que si has leído hasta aquí, que sepas que el código para entrar en los lavabos del Starbucks Coffe de la plaza Universitat de Barcelona es el 2414. De nada.

Horus perdidus

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Horus, o como hinchar un filler hasta límites insospechados, es un jueguecito de colocación de losetas creado por Jean Vanaise, del cual no recuerdo ningún otro juego, así que supongo que ésta será su obra maestra, pues se la han traducido al idioma de Cervantes y publicado por Devir; la madre del cordero, junto con Edge, del panorama editor en lo que a juegos de mesa se refiere.

El pseudo argumento esgrimido por Jean Vanaise para perpetrar su Horus es que alrededor del río Nilo hay diferentes terrenos que pueden proporcionar más prestigio a aquél que los controle. Mira que hay juegos con el argumento pegado, pero éste es que además es malo y es una demostración más de que a cualquier mierda si se le encola un trasfondo histórico vende el doble.

No me voy a explayar en el mecanismo del juego, que está fatal e innecesariamente sobreexplicado en sus instrucciones, pues es tan sencillo como el mecanismo de un chupete. Algunos dirán que es un Carcassonne avanzado, pero para mí esta declaración es un insulto al Carcassonne, pues éste tiene la figura del granjero que por sí sola ya tiene más valor estratégico que cualquier loseta, carta o fichita del Horus. En fin, hacía tiempo que no me sentía tan estafado con un juego, probablemente desde el Illuminati de Steve Jackson (otro horror aún peor que este que  nos ocupa).
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No merece la pena seguir hablando del Horus, básicamente es un juego donde se coloca una loseta al azar y otra casi también al azar —pues depende de cartas que se cogen por azar—, para formar terrenos más grandes que el adversario… ¡y nada más! Si alguien le ha encontrado una mínima estrategia a éste juego que no dude en comentarlo, pues para mí es un juego para niños de diez a catorce años, a lo sumo, y aún así seguramente se aburrirán como ostras. Menos mal que el ilustrador del juego es mi admirado Michael Menzel, que le da un plus de calidad que junto al plus histórico es el que me hicieron comprarme esta basura lúdica que lo único que hace es ocupar un precioso espacio en mis estanterías. Y encima, caro.

  • Lo mejor: el componente histórico, las ilustraciones de Michael Menzel y la calidad de sus componentes.
  • Lo peor: todo lo demás, incluidas las infumables instrucciones.
  • Mi nota: un 5 para los jugadores ocasionales que vengan del Monopoly (los que vengan del Carcassonne ya pueden pasar directamente al Puerto Rico); y un cero como una catedral para aquellos que estén más acostumbrados a jugar cosas del Wallace o el Knizia o cualquier otro autor con un mínimo de calidad.

La desvergüenza de un gobierno asesino

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Asco. Vértigo. Arcadas. Es tanta la indignación que siento ante la última bravata del ejército israelí que ya no voy a defender nunca jamás al gobierno de Israel. Y, por favor, que esto no me convierta en antisemita, ya que una crítica a un gobierno no es extensible a todo su pueblo, espero que se entienda porque ¿en qué cabeza cabe? ¿a quién se le ha ocurrido atacar un convoy de ayuda humanitaria? ¡La “Flota de la Libertad” acribillada a balazos!, ante la incredulidad de la opinión internacional. ¡Eso sólo lo hacen los terroristas! Sólo unos terroristas sin escrúpulos y sádicos son capaces de desintegrar las últimas oportunidades de ayuda exterior que se le pueden ofrecer a Palestina, y de paso hacer añicos la credibilidad de todo un país y un pueblo; el pueblo hebreo, el elegido según la Biblia… ¿qué pensará su Dios, allá en las alturas, de su pueblo elegido ahora?

Parece ser que, para protegerse, lo suyo es atacar a todo aquél que intente ayudar a tu enemigo, aunque sea a base de comida, medicinas, ropa y zapatos. ¡Hay que negar todo tipo de ayuda!, con el fin de que tu enemigo muera de inanición; ésa es la política exterior israelí para con sus vecinos palestinos. Y si no es así, que hagan el favor de explicarlo, porque en ésta ocasión tienen mucho que contar; al parecer, se les ha ido la mano, y en el ataque al convoy humanitario se han cargado a 16 activistas. Esto va a ser más difícil de tapar que la muerte de los jóvenes palestinos que arrojan piedras en Cisjordania. El ataque es de una vileza que hace recordar otros tiempos, varios lustros atrás, cuando los judíos las pasaban canutas mientras la comunidad internacional miraba para otro lado.

De importancia capital para el mundo occidental, y creadores del concepto de Dios que comparten las tres religiones más importantes del mundo (Abraham rezó al mismo Dios que comparten judíos, cristianos e islamistas), el pueblo hebreo ha sido víctima de numerosas tropelías a lo largo de su historia. Si dejamos aparte la improbable marcha bíblica que los llevó de Epipto a Palestina, lo cierto es que nunca se llevaron bien con sus vecinos, cualesquiera que fuesen. Sus raíces semíticas pueden explicar este hecho, y es que los pueblos semitas furon pueblos de guerreros indomables. Más tarde los judíos que vivían lejos de Israel, en Europa, fueron obligados a vivir en las juderías, una especie de apartheid medieval que tuvo mucha aceptación en España; algunos topónimos nos recuerdan éste hecho, como por ejemplo el de Montjuïc: “Monte de los judíos”.

Los Reyes Católicos los expulsaron de España, esa nación de naciones que los judíos conocían como Sefarad, so pena de muerte o de abjurar de su falsa religión. Así, de un plumazo, los mejores gobernantes que jamás hayamos tenido en España acabaron con la enorme riqueza cultural de esos hablantes judeoespañoles, que tanto hicieron por este trozo de tierra que empezaron a llamar patria. Fue el error más importante de Fernando e Isabel la Católica, a pesar de que un primer momento les obnubilaran las grandes riquezas que pasaron a sus manos, gracias a las expropiaciones que perpetraron contra los judíos y a todos aquellos que consideraron como judaizantes.

Sí. El pueblo hebreo ha sufrido enormemente. Pero eso no les da carta de libertad para andar pegando tiros a quien quiera ahora oponérseles. ¡Qué digo! Nadie se opone al pueblo judío; todas las rencillas quedaron atrás, y sólo algunos grupúsculos dementes los denigran por su cultura y sus creencias. Lo repito: esto no es una diatriba en contra del sionismo, esto es un artículo en contra de un gobierno asesino. Nadie se opone al pueblo judío, más concretamente al pueblo israelí. Pero todos nos oponemos a que usen su ejército contra sus vecinos árabes, y contra las ayudas humanitarias que intentan paliar la desesperación de los palestinos.

Supongo que si fuera judío sentiría una vergüenza terrible ante éste acto de ignonimia perpetrado por el ejército israelí, semejante a la vergüenza que siento como español por el juicio contra el juez Garzón. Pero lo que aquí es un acto de la derecha más recalcitrante para escarmentar a un juez problemático, allá es el acto de un gobierno legítimo que usa la fuerza bruta para escarmentar a un pueblo oprimido. No es ni siquiera comparable, la realidad es tan perversa que aún no sé lo que ocurrá con éste despropósito, en el momento en que escribo éstas líneas algunos países ya han mostrado su indignación por el ataque. Falta por ver si al menos el gobierno de Israel tendrá la decencia, dentro de su indecencia, de pedir perdón a las víctimas y al pueblo palestino que iba a recibir las ayudas. Algo me dice que no será así, porque el pueblo elegido últimamente no pide perdón ni ante su Dios.

Vedettes literarias

Sorpresas te da la vida, que diría la canción. Resulta que la mujer más neumática de la red —con permiso de Coco Austin y Denise Milani— ha escrito un libro con tal éxito de ventas en el Reino Unido que la Editorial Flamma, de Barcelona, se ha visto obligada a traducir tan magna obra al castellano, y publicarla en España. La novela en cuestión se llama Shappire, como la tarjeta gráfica de ATI, y su sinopsis —copypasteada de su web oficial— es la siguiente:

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<<Sapphire, la protagonista del libro, es una mujer lista, decidida y poco sentimental. De modo que, tras pillar a su marido en la cama con otra mujer, no duda en abandonarlo. Aunque le duele, empieza una nueva vida al lado de un chico joven y guapo. Se lanza al mundo de los negocios y tiene que afrontar toda una serie de duros problemas, personales y profesionales. ¿Salvará su empresa? ¿Volverá a confiar en un hombre?>>

Algunos recordarán a la bella Katie Price (también conocida como Jordan, nombre de la escudería de Fórmula 1 que la contrató) de algunos tórridos videos caseros que pululan por el eMule, y que servidor ha tenido el placer de ver más de una y de dos veces. No me considero un experto en conejitas playboy, pero tampoco voy a negar la mayor y decir que no miro porno en internet. Estoy seguro que tú no lo harás, ¡pero yo sí!, y tengo que decir que Katie Price tiene tal galería de imágenes subidas de tono que jamás pensé que le daría tiempo, entre sesión y sesión de fotos, de escribir libros. Es más, me atrevo a decir que ésta faceta suya, la de escritora, la tiene muy escondida para el público masculino —me gustaría buscar “Katie Price” en Google en un ordenador utilizado habitualmente por una usuaria, a ver si a ella le salen los libros en lugar de las imágenes—; y además resulta que escribe libros infantiles y artículos para revistas masculinas.

Algunos la comparan con Belén Esteban, como si fuera una émula de ésta en su versión británica pero, honestamente, yo no me acuesto por las noches con la imagen mental de la choni de Telecinco —nota mental: nunca digas de éste agua no beberé— así que considero ésta comparación totalmente injusta. Me parecería más acertado compararla con Pamela Anderson, otra mujerona de rompe y rasga y que también ha escrito sus dos buenos libros. Así que estas señoras serán todo lo adictas al bisturí que quieran, pero de alguna forma intentan hacer algo más que posar semidesnudas. Porque su cuerpo se hará cada vez más viejo, a pesar del bótox, pero sus libros permanecerán inalterables, y lo saben —o no, pero para bien o para mal será así— y por lo tanto podrán decir, en su vejez, que además de guapas fueron famosas escritoras.

Muchas veces, por no decir siempre, juzgamos a las personas por su aspecto, y en particular a las mujeres por su físico. Pero esto está cambiando, porque ya todo el mundo sabe que una mujer, por el hecho de ser un pivón, no la convierte necesariamente en estúpida. Puede que nos lo parezca, a juzgar por algunas de sus declaraciones a la prensa rosa, pero hay cantidad de playmates que no han alcanzado la carrera de una Pamela Anderson o una Katie Price; por lo que pienso que todas las grandes modelos eróticas que llegan al papel couché —o a la pantalla del ordenador— son mucho más inteligentes y astutas de lo que nos pueden parecer a simple vista. Esto es, está comprobado que el físico ayuda, pero éste tiene que ir acompañado de una pizca de talento y perseverancia, como bien sabe Elsa Pataky.

Que le publiquen un libro a una vedette mediática no es el problema, lo indigno es que no publiquen novelas a escritores mucho más preparados, pero anónimos. He visto más talento en los foros literarios de Prosófagos que en algunos de los últimos crepúsculos y símbolos perdidos publicados. Escritores que, por alguna razón que se me escapa, se han ganado el respeto del público y consiguen conectar con los lectores; no son vedettes mediáticas, pero sí son vedettes literarias, y por lo general un servidor huye de sus cantos de sirena.

Estoy harto de libros de acción trepidante que se deboran más que se leen, como una película de Hollywood que se disfruta con palomitas. Son contados los autores de libros superventas que además son auténticamente literatos; pero los hay, como podría serlo Saramago. De hecho, siempre me da un poco de rabia ver un libro de Saramago junto a la última defecación vampírica u ocultista del escribidor de turno, pero es lo que hay… tal vez ahora lo vea junto a la última obra de la pornostar de turno que visite la pantalla de mi ordenador, lo cual no será mucho mejor.

En fin, dudo que me compre ningún libro de Katie Price, pero no lo haré no porque considere que es “literatura basura”, sino porque el tema de sus libros no me llama: o escribe para niños o para mujeres; porque me parece más honesta, sabe que no está escribiendo literatura y la gente así lo entiende. Sé que mucha gente opinará que éste tipo de libros no deberían venderse y no seré yo quien les contradiga; se publica tal cantidad de mierda que entrar en una librería es como asomarse a un contáiner de basura con un palo: tenemos que ir removiendo la basura con el palo hasta encontrar algo que merezca la pena. Normalmente haremos bien en huir de los “recomendados” y los “superventas”, pues no son sino un escaparate pagado por la editorial de turno; habrá que hurgar con el palo hasta el fondo del contáiner para encontrar ése pequeño tesoro en formato de bolsillo que, lejos de la pompa de una Katie “Dan Brown” Price, nos aguarda en un oscuro estante.

13′99

Voy a tirarme a la piscina y a comenzar también a hablar sobre libros, ya que para mí la lectura continúa siendo la principal de mis ocupaciones lúdicas, que es de lo que trata mi web (originalmente mi web era el portfolio del estudio de diseño que quería formar pero, como ahora ando desencantado con el mundo del diseño, la aprovecho para otras cosas como, por ejemplo, hablar de juegos, libros, teatro o simplemente hablar por hablar).


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Y del desencanto del diseño y de sus vicios es uno de los temas que trata el libro del que voy a hablar, que está entre mis favoritos desde que cayó en mis manos. 13′99 es el título que le puso su autor, Frédéric Beigbeder, un brillante creativo publicitario que fue despedido fulminantemente en cuanto salió publicado éste texto: un libro único, lúcido, mordaz, y rabiosamente actual.

El oficio de engañar ha ido refinándose a lo largo de los tiempos hasta desembocar en la moderna industria de la publicidad, en la que trabajan directores de arte, creativos, diseñadores, fotógrafos y demás troupe que tienden a llamarse a sí mismos artistas. Si el arte significa venderse al mejor postor y prostituirse hasta la náusea, entonces los publicistas se encuentran entre los mejores artistas del mundo; y seguramente esto ya está sucediendo, ¿cómo sino explicarse lo de Bansky?

Si el anterior párrafo te ha parecido un poco corrosivo con respecto a la profesión de la publicidad, que sepas que en 13′99 todavía encontrarás más bilis, sólo que mucho mejor explicada, vomitada y lista para deglutir, para que cuando vuelvas a ver un anuncio en la tele, o contemples una valla publicitaria o una campaña en diversos medios, sepas qué clase de gente es la que ha “creado” la imagen que de una determinada empresa, partido político o fundación de cualquier pelaje.

Con una prosa un tanto perjudicada por los excesos, aunque sin llegar a los extremos de W. Burroughs (otro de mis autores fetiche), el autor nos va introduciendo en un mundo y unos personajes que, por cercanos, nos harán abrir los ojos y darnos cuenta del inmenso erial que se esconde tras las estéticas y moderneces del mundo del diseño actual. No hay un ápice de belleza real  tras el meticuloso trabajo que conlleva una campaña publicitaria, con esos artistas de los medios masivos, esos malabaristas de la imagen, esos mercenarios del verbo; capaces de crear tendencias que mueven a millones de personas en todo el mundo a poseer un determinado producto que no necesitan (¿hace falta que ponga ejemplos?), a generar corrientes de opinión, a cambiar la actitud de los jóvenes e incluso de toda una población, a engañar hasta retorcer la verdad de forma verdaderamente artística, a hacernos creer que somos más libres cuanto más compremos, a valorar algo por la estética (incluso a las personas), a cambiar a la humanidad para que se mueva según los designios de las empresas. Esto es diseño, publicidad y marketing. Esto es para lo que ha servido el arte y la informática según los valores actuales: para prostituir al por mayor a la máxima cantidad de personas posibles, encandiladas por una determinada estética. Tal como el flautista de Hamelin seducía a los niños con su música.

De acuerdo, tal vez haya exagerado un poco. Después de todo, yo soy diseñador gráfico, y me encanta maquetar libros y revistas, dibujar, hacer webs,  logos y todas esas cosas que te piden en Infojobs. Pero no entraré en el mundillo de las agencias de publicidad: nadie que haya trabajado en una vuelve a ser la misma persona. Es difícil sentirse a gusto consigo mismo si trabajas contínuamente como embellecedor de la mentira. Vale, es cierto que también se hacen trabajos muy creativos que no tienen porqué vender algo con lo que no estés de acuerdo, como unos carteles de jornadas de juegos de mesa, o el diseño de unos trípticos de un pequeño teatro, esas cosas son divertidas, refrescantes, plácidas, le hacen a uno sentirse a gusto con la profesión. Pero no son el tipo de clientes que se acercan a una agencia de publicidad.

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Frédéric Beigbeder lo explica todo con detalle y sin saltarse las partes más oscuras, como la del binomio cocaína/inspiración, que tiende a convertirse en el binomio cocaína/todosevaalamierda, y que pocos creativos y gentes del artisteo mercantil van a admitir que conocen, ¿o acaso creéis que la inspiración la cogen de los árboles, o que les visitan las musas de 9 a 18 horas? La inspiración y la creatividad puede surgir durante un tiempo limitado, no más de unas horas. Luego está el oficio y la autocopia, y de ella viven la mayoría de músicos, pintores y fotógrafos;  entonces se dice que tienen un determinado estilo. Pero un creativo, como lo fue Frédéric Beigbeder, tiene que tener ideas nuevas cada día, y no solo eso, tiene que estar dispuesto a que se las pisoteen y tener más ideas aún. Tener ideas geniales 365 días al año, todos los años de su carrera. Ideas de las cuales sólo verán la luz el 1%, con la consiguiente frustración que eso conlleva; eso no lo puede soportar nadie si no es con un poco de ayuda.

En fin, concluyendo, que más que un comentario sobre el libro me ha salido un alegato contra la publicidad; la verdad es que en el libro vais a encontrar muchas más cosas. Hay una trama muy interesante entre el protagonista y una prostituta, con sus jefes, sus clientes y sus amigos, que es muy reveladora de la pobreza de espíritu a la que se puede llegar, no sólo por el hecho de estar continuamente frustrado y a disgusto consigo mismo, sino por la certeza de que todo va mal y va a ir a peor, aunque cuentes en un libro toda la porquería que te has tenido que tragar. Aunque los avises. Aunque lo sepas.

Un párrafo del libro

“Todo es provisional y todo se compra. El hombre es un producto como cualquier otro, con fecha de caducidad. Ésta es la razón por la cual he decidido jubilarme a los treinta y tres años. Dicen que es la edad ideal para resucitar.”

Lecturas relacionadas

  • “Un mundo feliz” de Aldous Huxley.
  • “1984″ de George Orwell.
  • “Generación X” de Douglas Coupland

Para saber más